¿Y quién no lo soñó en su momento?
Salvar vidas, atender a los enfermos, mantener a los desfallecidos…sangre, sudor y lágrimas, y al final, la medallita para la colección (qué buenos que somos, aunque no tanto como el Dr. House)
No, no somos el Dr. House, ni cualquiera que se le parezca.
Tampoco somos los magnÃficos profesionales de Hospital Central que igual atienden a un parto que hacen una craneotomÃa descompresiva, que operan una estenosis aórtica.
No, somos de carne y hueso, incluidos sufrimientos.
Por fin…
Por fin pasamos la dura criba, podemos acceder a nuestra ansiada meta: la especialidad.
Tuve la suerte de poder hacer lo que querÃa, aunque para ello eso supusiera el gran sacrificio de salir de mi tierra, dejar mi casa y a mis amigos, hacer la maleta y dirigirme a esta tierra que me acogió con tantÃsimo cariño y a la que le debo tanto.
Tuve la suerte de poder formarme en aquello que ansiaba.
Mi periodo formativo tuvo sus sinsabores, sus amarguras, las duras experiencias, pero también tuvo sus alegrÃas, sus recompensas…, y su fin.
Tras 5 años de ardua tarea, de noches sin dormir, de guardias interminables, de jornadas laborales de hasta más de 36 horas seguidas sin descanso, sin fines de semana, sin fiestas, sin cumpleaños, sin incluso familia, encajando golpes, administrando calmantes, suturando heridas, extirpando tumores, condenando al “sufrimiento perpetuo” a tantos y cuantos, ayudando a todos, malviviendo, comiendo en el hospital porque el sueldo no me llegaba para mantener un alquiler y a una esposa que por motivos ajenos a nuestra voluntad, tuvo que desplazarse a la otra punta de España para prepararse para las duras oposiciones que servirÃan de trampolÃn para alcanzar su también sueño, “superviviendo” llegó el momento: “Aquà tiene su tÃtulo de especialista, enhorabuena y hasta siempre”.
¿Y ya está?
“SÃ, las listas del paro le esperan, o bien contratos draconianos (por dÃa o sólo de guardias)”.
Empieza la juerga…
Me vi con 30 años recién cumplidos con una carrera superior terminada, unas oposiciones nacionales ganadas y un tÃtulo de especialista en el bolsillo pero…sin trabajo.
Sigue la juerga.
La situación se hace particularmente dolosa cuando te ves metido hasta el corvejón en la misma.
Con una edad más que aceptable, con una esposa (que gracias a Dios aprobó el MIR y pudo optar a realizar su especialidad), sin hijos porque no habÃa tiempo ni posibilidad de poder atenderlos correctamente (pensamiento egoÃsta pero no podÃa ser de otro modo), sin vivienda, y con la pista lista para despegue del tan ansiado “paro”.
Tuve suerte (otros no pueden decir lo mismo): los mismos que me formaron me ofrecieron la posibilidad de cubrir una baja de un facultativo (por causas “médicas”) y pude desarrollar mi trabajo durante los 5 siguientes meses hasta que un dÃa, de golpe y porrazo: “au revoir”.
AsÃ, sin más, sin dilación, sin explicaciones: “gracias por el servicio prestado y hasta siempre”.
La sinrazón llamaba a tu puerta: a resultas del “sistema”, sólo tuvimos la oportunidad de formarnos como especialistas en CirugÃa Gral y Apto Digestivo ese periodo de 5 años un total de 150 personas en toda España (4000 plazas para 21000 aspirantes del total).
La “idoneidad” del sistema, la perversión del mismo se adjudicaba la patria postestad de formar superespecialistas según la demanda, pero la cruda realidad se enfrentó de bruces con mi realidad.
“A la calle”, sin más miramientos.