¿Quién no los conoce?
¿Quién no los ha vivido?
¿Quién no los ha soportado?
Partiendo de la siguiente premisa, el no desear nada malo a nadie que pudiera suponer un mal a ti, sólo sostienen con su presencia la más pura indiferencia.
Pero sin embargo algo te corroe en las entrañas, cuando los ves aleteando al lado del figura de turno, babeando ante su presencia o simplemente aplaudiendo con los apéndices auditivos cualquier atisbo de sana inconsciencia que el "adulado" tiene a bien depositar en la enrarecida atmósfera de un Servicio hospitalario.
Pongámonos en antecedentes:
La estructura piramidal de cualquier Servicio obliga a unos y a otros a saber cuál es su puesto y disposición en cada momento (obviedad que pronto se ve superada por la figura del "adulado" y de sus "apéndices saltarines", los famosos aduladores.
En base a la disposición actual, es el jefe de servicio el que valorando previamente la interconsulta (método de comunicación entre facultativos en el ámbito hospitalario para comunicarnos "oficialmente") dispone, siempre presuponiendo que de una manera equitativa, el desvío de cada uno de esos papelitos (con nombres y apellidos de pacientes, y diagnósticos de patología) el reparto del "trabajo".
Pero, cómo no, siempre existirán clases, siempre habrá favoritos, y siempre habrá gente que por la "face" asume las consecuencias de sus actos, y se instaura en la posición más supina de todos (llamémosles " el figura ")
"El figura" suele ser una idem de prestigio dentro de la institución: es el más simpático, el más carismático, incluso ha llegado a rozar ímprobo esfuerzo las cotas más altas del "poder hospitalario" (léase algún cargo directivo) pero que por mor del destino ha vuelto a su estatus natural de médico adjunto de a pie, pero investido con el aura divina de quien lo ha tenido todo y ahora se convierte en parte del "vulgo".
Dicho "figura" ha establecido las consiguientes relaciones personales y profesionales que le han permitido destacar entre la "mediocridad" de sus compañeros. Colocado en el altar de los "intocables", su sola presencia basta para imponer respeto, admiración, pavor o indiferencia.
Y se obró el milagro: como surgidos de la nada, por gemación espontánea, una pléyade de adjuntos jóvenes, recién terminados, se adhieren como garrapatas al nuevo líder.
Comienza la lucha de poderes.
El "adulado" obra, parte y reparte.
El "adulador" traga, deglute y babea.
El resto vemos, criticamos y nos asombramos.
Nos movemos, eso sí, pero no somos capaces de alcanzar tan altas cotas de "poder".
Tampoco adquirimos la capacidad de "babeo" necesario.
Al final, cubrimos el expediente, y nos vamos tan ¿satisfechos?.
Eso sí, viéndolas llegar.