8 de la mañana de cualquier día.
Comienza la actividad?
Para nada, un ejército de espectros con bata blanca, pijama verde, ojos henchidos de sueño, caras de fatiga y con ganas de salir corriendo prontamente, amenazan por el pasillo dirigiéndose hacia la puerta del "tribunal".
Y es que la mejor forma de empezar el día es salir corriendo tras una noche de infarto, un día de locos y una tarde sin desperdicio.
Esa es la pena máxima impuesta y el fin de la misma: la guardia.
El despertar es duro, la llegada peor, pero lo más dañino es la mirada inquisidora de tus compañeros, de los que fresquitos llegan por la mañana y se relajan ante la gran mesa de la sala de sesiones esperando la letanía del equipo que sale de guardia.
24 horas ininterrumpidas de trabajo cotizadas económicamente en menor cuantía que la hora de trabajo ordinario y para nada considerado trabajo extraordinario.
Total, es nuestra obligación y nuestra devoción la que nos llevó a esos momentos.
24 horas que hemos corrido por los pasillos, hemos atendido a mil llamadas de urgencias, hemos intervenido a 6 pacientes, no hemos comido, no hemos podido cenar a nuestra hora, no hemos podido siquiera estirar las piernas un momento.
Y como colofón final la tan ansiada "sesión clínica".
¡Qué bien se diagnostica sentadito detrás de una mesa, fresquito, recién desayunado y con la "cara lavá y recién peinao".
Empieza el interrogatorio, la letanía, el continuo murmullo, las andanzas de unos y las experiencias personales de otros, en resumen, empieza el día.
Y yo estoy deseando salir corriendo de aquí, porque mañana, tengo otra.