El blog del Dr.Steiner

Mayo 31, 2006

El bestiario (esta vez no es el de Tolkien): Recuento y andanzas del personal de la bata blanca.

Archivado en: Uncategorized — drsteiner @ 5:43 pm

8 de la mañana de cualquier día.

Comienza la actividad?

Para nada, un ejército de espectros con bata blanca, pijama verde, ojos henchidos de sueño, caras de fatiga y con ganas de salir corriendo prontamente, amenazan por el pasillo dirigiéndose hacia la puerta del "tribunal".

Y es que la mejor forma de empezar el día es salir corriendo tras una noche de infarto, un día de locos y una tarde sin desperdicio.

Esa es la pena máxima impuesta y el fin de la misma: la guardia.

El despertar es duro, la llegada peor, pero lo más dañino es la mirada inquisidora de tus compañeros, de los que fresquitos llegan por la mañana y se relajan ante la gran mesa de la sala de sesiones esperando la letanía del equipo que sale de guardia.

24 horas ininterrumpidas de trabajo cotizadas económicamente en menor cuantía que la hora de trabajo ordinario y para nada considerado trabajo extraordinario.

Total, es nuestra obligación y nuestra devoción la que nos llevó a esos momentos.

24 horas que hemos corrido por los pasillos, hemos atendido a mil llamadas de urgencias, hemos intervenido a 6 pacientes, no hemos comido, no hemos podido cenar a nuestra hora, no hemos podido siquiera estirar las piernas un momento.

Y como colofón final la tan ansiada "sesión clínica".

¡Qué bien se diagnostica sentadito detrás de una mesa, fresquito, recién desayunado y con la "cara lavá y recién peinao".

Empieza el interrogatorio, la letanía, el continuo murmullo, las andanzas de unos y las experiencias personales de otros, en resumen, empieza el día.

Y yo estoy deseando salir corriendo de aquí, porque mañana, tengo otra.

Camina o revienta (3ª parte o visto para sentencia)

Archivado en: Uncategorized — drsteiner @ 5:12 pm

Buenas nuevas…

Por fin las andanzas del meritorio sufridor han llegado a su fin.

Conseguido el primer contrato estable, y con posibilidades de continuidad, se adentra en el fastuoso mundo hospitalario de la mano de un desconocido.

Ese desconocido no es más que el ángel de la guarda que todos tenemos, el diablillo que nos acompaña, o simplemente la gracia y donaire con el que nos tendremos que desenvolver en las procelosas aguas en las que nos zambullimos.

Ya podemos pedir una hipoteca al banco, somos auténticos usuarios del sistema y benefactores a partes totalmente desiguales del mismo.

Sigue la juerga.

La vida transcurre sin esos sobresaltos a los que estábamos acostumbrados en tiempo reciente.

La nueva situación nos obliga a tomar las riendas de nuestro destino, de nuestras palabras y de nuestros actos si cabe más que antaño.

Ahora somos más que responsables, somos los señalados y cualquier paso en falso será amplificado hasta el infinito e incluso más allá del mismo, pero eso sí, debemos agradecer al sistema todo lo que nos permite disfrutar: ¡cuántos juguetitos nuevos nos ofrece la técnica, cuánta carne de cañón se ofrece para uso y disfrute del noble arte, cuánta artimaña laboriosa, cuánta desidia y cuánta hipocresía!.

La vida transcurre plácidamente entre sufrimientos, gritos, exigencias, necesidades y obligaciones.

Obligaciones que se transforman en el monstruo perpetuo.

Exigencias que se erigen como la moneda de cambio sin esperar nada.

Gritos y sufrimientos, de uno y de todos.

La vida soñada ha tomado forma y se convierte en la condena que hemos de pagar por haber elegido el sacerdocio médico.

¿Por qué no me haría maestro?

Es cierto que hace falta más que vocación para proseguir en esta carrera de obstáculos.

El médico especialista (el adjunto según la antigua nomenclatura y el F.E.A. según la actual) se convierte en un puro instrumento del sistema. El reconocimiento a su labor diaria, las horas sin dormir, los problemas que hay que resolver de manera urgente porque sólo existe ese problema y no otro, la asunción de más y más responsabilidades, el rendir cuentas a usuario y sistema, la exclavitud del medio, todo ello toma conciencia y cuerpo de un día para otro.

¿Y cuál es el problema?

Al final uno recapacita y se da cuenta de algo tan simple como lo siguiente: no sabemos hacer otra cosa.

Es duro pero hay que reconocerlo como tal. El grado de exigencia ha sido tal que hemos obviado otras cuestiones. No se cumple el perfil solicitado por cualquier empresa, y sólo y a fin de cuentas, te has convertido en un trabajador superespecializado que se integra en un sistema de trabajo al más puro estilo soviético.

El reconocimiento a tu labor es casi nulo o nulo. Las palmaditas en la espalda no existen. La posibilidad de promoción no existe y la “digitocracia” se convierte en el verdadero instrumento que va a regir tu vida de ahora en adelante.

Y lo triste, es que no sabemos hacer otra cosa.

Así que, “camina o revienta”.

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